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El viaje
El olor a noche aún era latente cuando,a las ocho de la mañana,
alrededor de trescientos cordobesistas nos citábamos para ser conducidos a la
tierra hermana de Huelva. En el autobús de la Ciberpeña, desde el principio, se
mascullaba que los pocos que quisieran recuperar las horas de salida con una
rápida siesta sobre ruedas iban a tener que darse con un canto en los dientes.
Gran parte de culpa la tuvo “el tío del micrófono” como fue bautizado, casi
inmediatamente, uno de los ocupantes quien con un megáfono-que no micrófono- se
dedicó a jalear todas y cada una de las acciones del conductor. El diálogo entre
vocero y autobusero cada vez era más fluido ante las risas del resto de los
compañeros de expedición.
Casi sin darnos cuenta, pasamos por Sevilla. Me sorprendió el respetuoso
silencio. Alguno, incluso, se atrevió a comentar las grandezas de la capital de
Andalucía (por su integridad mantendré su nombre en el anonimato).
La lluvia se convirtió en nuestra molesta compañera de viaje prácticamente desde
que nos alejamos del término municipal de Córdoba. De hecho, se llegó a
especular con la suspensión del partido que se tenía concertado con la ciberpeña
onubense, aunque nuevamente “el tío del micrófono” se erigió en protagonista y
en capitán del equipo y conminó al colectivo a no “rajarse” ante la adversa
climatología.
Paco, así se llamaba el conductor del autobús, era un hombre prudente. Quizás
esa parsimonia al volante, que tanto agradecerían nuestras madres, llegó a
resultar desesperante en algunos momentos, porque llegamos a las inmediaciones
del Colombino con casi una hora de retraso sobre el horario previsto. Era la
hora de vestirse de corto.
La victoria que no sirvió
Las instalaciones del campo que nuestros amigos recreativistas
habían reservado eran excelentes. Vestuarios limpios, un campo de albero en
perfectas condiciones pese a la lluvia- drenaje que bien agradecería el
Arcángel- e incluso unas gradas que fueron pobladas por los expedicionarios que
prefirieron esperar a sudar la blanquiverde animando cuando de verdad importaba.
Y allí saltamos, bajo un agradable solano que no agobiaba, al campo. Fue
simpático ser ovacionado como si estuviéramos en un campo profesional. Uno por
uno, “Karlitos” fue dictando la alineación , que fue confeccionada atendiendo a
la veteranía, lo cual agradecí porque empiezo a pintar canas y pude ser titular.
Al rato, y mejor equipados que nosotros, saltaron nuestros rivales quienes,
lógicamente, estaban en inferioridad en la grada.
Poco a poco, la verdad sea dicha, fue demostrándose nuestra superioridad en el
juego. El 2-8 final reflejó el aplastante dominio. Todos tuvimos nuestro momento
de gloria. Vale (“El tío del micrófono”) y ”Er_Kanhas” demostraron ser una
pareja letal en ataque sumando 7 goles entre ambos, “Eligna” fue un auténtico
pulmón en el centro del campo, e incluso “Pope” consiguió transformar un penalty
que luego festejó mostrando un mensaje que después se convertiría en tristemente
famoso en Huelva: “Crispi, vete ya”.
El hermanamiento
Tras ducharnos y acicalarnos convenientemente, partimos hacia la
comida de rigor. Afortunadamente nuestros hermanos, previsores ellos, habían
dispuesto un lugar techado para celebrarla, porque empezaba a caer un fino pero
molesto calabobos.
La tortilla y la paella menguaban con la misma celeridad con la que Fernando
Alonso conducía en medio del desierto. Mientras, el barril de cerveza adelgazaba
de manera inversamente proporcional al nivel de alcohol en nuestras venas. Poco
más tarde comenzaron los cánticos. Hubo de todo y para todos. Desde los buenos
deseos para Sevilla y Jerez hasta, de esto sólo eran capaces los más avezados,
entonaciones del nuevo himno. Demasiado reciente o demasiada cerveza para poder
memorizarlo convenientemente.
Se habló de un posible viaje a Salamanca, de lo necesario que era ganar...nadie
en realidad se creía aquello de que “sólo venimos a emborracharnos, el resultado
nos da igual”.
La derrota que sí contó
Desde una hora antes los allí presentes nos esmeramos en
intentar teñir lo más posible de blanquiverde el estadio amigo. Abundaban las
pancartas, las bufandas, se intentó hacer un mosaico...era un auténtico
desenfreno por lucir nuestras mejores galas, por conseguir que los once que
saltaran con nuestro escudo en su elástica se sintieran lo menos lejos de casa
posible.
Finalmente, y juntitos de la mano, saltaron los dos equipos ante un estallido
colectivo de euforia. Desde el primer momento se cantó, se animó, se sufrió...y
nos cayó el primero. Pese a ese inicial mazazo, no cesó el empeño, el afán por
masacrar nuestras gargantas para que los nuestros se dejaran el alma en el
césped. Y poco después, aunque fuera por unos instantes, nuestro aliento se vio
recompensado. Fue un gol vivido con cierto suspense al pillarnos justo en la
otra zona del estadio, pero cuando constatamos que el balón había entrado se
desató la locura. Los abrazos, los saltos, el desenfreno...nadie podía estarse
quieto. Veíamos nuevamente la luz, aunque fuera sólo por un ratito.
El resto del encuentro, sobre todo tras el tercero del Recre se convirtió en un
masivo acto de protesta contra el técnico que, curiosamente, fue respaldado por
el resto de la grada del estadio del Decano. Al final, deportividad absoluta. La
afición local nos intentaba trasmitir la esperanza que a ellos les debería
sobrar- están a un pasito de Primera- y nos catalogaba “de Primera”. Recuerdo la
imagen de rostros como el de Pepe, quien parecía absolutamente abatido o miradas
sin rumbo como la de simpática novia de Villa. Todos los allí presentes sabíamos
que la vuelta iba a ser dura y, sin embargo, todos coincidíamos en que no sería
nuestro último viaje para animar al Córdoba. Eso es lo que, pese a todo, nos
hace sentirnos orgullosos de lo que somos y de lo que sentimos.
Por Toni Cruz
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