Regreso feliz en una tarde movidita ...
¿Qué podrían hacer un grupo de personas vestidas de blanco y verde un domingo
a las siete de la mañana en una gasolinera? Seguro que más de uno de los
noctámbulos de vidriosos ojos que volvían de las discotecas de Chinales no tenía
muy claro a qué obedecía esa extraña asamblea. Algún otro, como el que se
afanaba en colocar sus productos cordobesistas - léase bufandas y banderas- a la
venta en las proximidades de los autobuses, sí.
Viajábamos, por primera vez en la temporada o por enésima según se mire,
conscientes de que lo único que compensaría el nuevo sacrificio sería la
victoria. Era día de épica y de transistores. De valium y anfetaminas en forma
de goles. De mucha carretera y sueño contenido. Elche, ciudad y equipo ligados
íntimamente a la historia reciente del cordobesismo, esperaba.
La
ida
Los temas recurrentes durante todo el trayecto, amen de la tan típica pregunta
de “¿a cuánto queda Elche?”, eran la compra-venta al por mayor de partidos, la
insensatez de Pina y el temor por viajar a terreno hostil. Todos los apartados
fueron quedando claros, en un sentido o en otro, a lo largo del día. De todos
modos, la mente humana es un terreno tan inescrutable y privado que da lugar a
tantas interpretaciones como personas y a tantas suspicacias como euros y
céntimos caben en un maletín.
Los dos altos en el camino no pudieron ser más desiguales. En el primero, en
Guadix, nos acogió un escenario glamoroso al máximo, un hotel de cuatro
estrellas; el segundo, en las afueras de Murcia, tuvo lugar en un
motel-restaurante-tasca-autoservicio donde, sin embargo, me sirvieron uno de los
mejores arroces que haya comido nunca. Fue allí, alrededor del plato, en donde,
en compañía de José, Pepé y algún que otro ciberpeñista más, mantuvimos una
breve pero interesante tertulia sobre lo que nos esperaba en el partido del
Martínez Valero. Afortunadamente, acertamos.
El esperpento
Sobre las dos de la tarde llegamos a Elche. Un calor húmedo hacía que las
elásticas blanquiverdes se aferraran a los cuerpos como fundidas. Lagos de sudor
por doquier. Una extraña estrategia de los conductores nos obligó a caminar
durante una media hora mientras veíamos cómo, hacia donde dirigíamos los pasos,
ellos nos seguían en sus vehículos. El por qué de tan curiosa maniobra nunca fue
desvelado.
Así, en grupo, protegidos contra cualquier peligro de agresión local, llegamos a
un establecimiento de comida rápida donde permanecimos alrededor de una hora al
solaz abrigo del aire acondicionado. Fue una pena que, por motivos de seguridad,
no pudiera escaparme para visitar el Palmeral de Elche o el centro de la ciudad,
pero luego pude entender por qué.
Sobre las cinco nos aproximamos al estadio y comenzó el esperpento. El rumor de
un posible regalo de entradas alertó a los desplazados y nos arrastró a la
puerta de acceso al estadio donde,
según
se decía, nos esperaría “alguien” con doscientas localidades. Al no satisfacer
por completo la demanda- allí estábamos más de trescientas personas- se pediría
un donativo de dos euros para poder costear la entrada a los que se quedaran sin
regalo. La idea era buena, pero la ejecución fue lamentable. Daban las cinco y
media y nadie aparecía por allí. El problema era que tampoco sabíamos a qué o a
quién estábamos esperando.
Mientras, algunos aprovechaban-supongo que por aburrimiento- para calentar el
ambiente insultando a Elche y los ilicitanos. Al final, consiguieron que un
reducido grupo de ultras locales se pasara por allí y, de no ser por la rápida
intervención de la policía, la cosa podría haber pasado a mayores. Aún recuerdo
la cara de algunos jóvenes y algún anciano mirando incrédulos y alarmados el
incidente. Una pena.
El dantesco espectáculo empezó a adquirir tintes más serios sobre las seis menos
veinte. Habíamos hecho quinientos kilómetros, demasiados para perdernos un solo
segundo de encuentro, así que algunos comenzaron a ponerse nerviosos. Sobre esa
hora apareció el personaje de la tarde. Rosillo, eso ponía en su camiseta, era
un sujeto enclenque , de profundos y saltones ojos azules y con aspecto de
portar una cogorza total. Su aparente buena maña a la hora de ingerir cubatas
contrastaba con su capacidad para organizar un reparto del que, sólo y
exclusivamente él, tuvo la culpa de que saliera tan rematadamente mal. Él y,
claro está, quien le otorgara esa facultad pese a encontrarse en tan patéticas-
y evidentes- condiciones. Era el único que estaba ebrio de toda la expedición.
Como perros hambrientos, la multitud se abalanzó sobre el sujeto. Alguien, en
pleno desconcierto, le arrebató un taco de entradas y decidió fijar, por su
cuenta y riesgo, en tres euros, el precio-donativo por la localidad. Algunos,
Ismargon y yo por ejemplo, decidimos pagar quince euros en la taquilla y obviar
problemas. De todo esto me quedó otra duda: ¿ a qué bolsillo habrán ido a parar
esos euros recaudados para comprar la entrada de Ismargon y la mía ?
La alegría, el miedo, el retorno
Una vez capeado provisionalmente el temporal todos ocupamos, de pie o sentados,
nuestra localidad en el estadio de los franjiverdes. Es colosal el Martínez
Valero, un estadio de fútbol acostumbrado en otras épocas a albergar partidos de
mayor trascendencia y diseñado, por tanto, para ello. Sin embargo, tanto asiento
vacío le otorgaba un carácter melancólico, casi
derrotista.
No pasaba nada porque ellos perdieran ese partido.
A pesar de no irle nada en el duelo, la afición ilicitana se alegró y mucho
cuando Nino nos cercenaba provisionalmente las esperanzas con un gol producto de
un error defensivo clamoroso. Tuvo tanto tiempo para pensar por dónde meter el
balón en la portería de Saja que podría haberse tomado incluso una copa dentro
del área (si el tal Rosillo hubiera dejado algo de alcohol en Elche, claro).
No obstante, los golpes parece que ya hayan hecho callo en nuestra afición, los
desplazados no dejamos de cantar y animar con fe. En parte eso colaboró a que
Selu , de imparable cabezazo, empatara poquito después. Eso fue determinante en
el devenir del partido porque quedaba mucho por jugar.
Tras el descanso, el equipo local parecía que había perdido las ganas de
complicar la vida, circunstancia esta que, sorprendentemente, el Córdoba no
parecía querer aprovechar. Era un sin sentido que alteraba sobremanera al
personal, máxime cuando de los cambios del entrenador se vislumbraba una apuesta
claramente ofensiva.
Cuando el ánimo empezaba a flaquear apareció Sérvulo para cambiar las cosas. Con
suerte, de carambola, un disparo suyo se alojaba en la portería de Caballero.
Delirio. Saltos, cánticos, desparrame...nada ni nadie se acordaba del
sufrimiento, ni del viaje, ni de Rosillo, ni de los cánticos ofensivos de los
ilicitanos. Antonio Paíllo movía su bandera y hacía que las plumas del sombrero
de otro entrañable bohemio cordobés se agitasen como pavo real en celo.
Un larguísimo rato después, un cuarto de hora que duró dos o tres mundos, acabó
el encuentro. El de negro pitó más tarde de lo deseable. El partido moría pero
nadie, de los del Córdoba se presupone, se movía de allí. Esa cornucopia en la
que se ha convertido nuestra permanencia nos conminaba más que nunca a
permanecer.
Luego vino la vuelta. La policía evitando que los vientos sembrados no
cosechasen tempestades líticas, rezos y alegrías por el empate entre Ciudad de
Murcia y Málaga B- con sustos intercalados cada vez que escuchábamos al locutor
contar cómo Goitia paraba los ataques rojillos-, un encuentro casual con
seguidores del Águilas con los que compartimos bar y recuerdos futboleros y un
regreso de legañas, oscuridades interrumpidas y pelis de Robert de Niro. Algunos
incluso pudimos dormir cuando Bruno dejó de hacer de Vale con irregular fortuna.
Sería injusto tener que despertar bruscamente de esta quimera dentro de dos
semanas. ¿Será la próxima una crónica feliz con olor a noche de verano
tinerfeña? Ojalá.
Toni Cruz.
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